A modo de introducción
En 1884, Camille Flammarion organiza en el periódico L'Astronomie un concurso cuyo objetivo es presentar una reforma del calendario gregoriano que pudiera convertirlo en un calendario perpetuo.
Gracias a la donación de un mecenas anónimo, este concurso está dotado con un premio de 5.000 francos.
Los textos publicados en L'Astronomie que aparecen en el resto de esta página permiten seguir la historia de este proyecto de reforma, que finalmente no tuvo continuidad.
Nicolas Camille Flammarion, más conocido como Camille Flammarion, nació el 26 de febrero de 1842 en Montigny-le-Roi (Haute-Marne) y murió el 3 de junio de 1925 en Juvisy-sur-Orge. Fue un astrónomo francés. Participó de forma muy activa en numerosas sociedades eruditas y asociaciones de divulgación científica. Los aspectos místicos y espiritistas de algunas de sus obras también contribuyeron a su notoriedad. Sus descubrimientos científicos lo situaron y lo mantienen todavía hoy entre los grandes divulgadores. (extracto de Wikipédia)
Los textos publicados
PROYECTO DE REFORMA DEL CALENDARIO.
ORIGEN DE LOS CONCURSOS ABIERTOS PARA ESTA REFORMA.
MEMORIAS PRESENTADAS. TRANSMISIÓN DE PODERES A LA SOCIEDAD ASTRONÓMICA DE FRANCIA
INFORME GENERAL Y PREMIOS OTORGADOS.
I
APERTURA DEL CONCURSO
(Extracto de L'Astronomie, septiembre de 1884).
Desde hace varios años, pero sobre todo desde la fundación de nuestra Revista de Astronomía Popular, hemos recibido de todas las partes del mundo, y en especial de América, una gran cantidad de solicitudes y proyectos de reforma del calendario. Absorbidos por trabajos incesantes, no habíamos podido prestar hasta ahora a este estudio la atención que merece. Pero hoy el interés y la urgencia de esta reforma nos parecen tan indiscutibles que no dudamos en abrirle las columnas de nuestra revista.
En una época de progreso tan rápido y tan amplio como la nuestra, resulta inconcebible que aún no se haya alcanzado un acuerdo, sobre todo entre los pueblos más civilizados de Europa, Asia y el Nuevo Mundo, para mejorar, perfeccionar y unificar los calendarios, que todos, sin excepción, son muy defectuosos. Hoy hacemos un llamamiento a los sabios de todos los países y a todos los gobiernos, y esperamos que sea escuchado, como lo fue el que se hizo aquí mismo hace dos años para la adopción urgente de un meridiano universal.
Estos dos avances se complementan mutuamente. Sin duda, el ser humano siempre se ha visto obligado a contar con el cielo para regular el tiempo; pero el Sol y la Luna, que regulan nuestros calendarios, deben servirnos, no someternos. ¿No ha llegado ya el momento de que el espíritu humano tome posesión astronómica y geográfica de nuestro planeta, en lugar de dejarse guiar ciegamente por él?
Por nuestra parte, desde hoy mantendremos en alto y con firmeza la bandera de la reforma del calendario.
La necesidad de una reforma definitiva es hoy comprendida por todo el mundo. Conviene examinar la cuestión en todas sus dimensiones y aportar a los calendarios actualmente en uso las correcciones que puedan hacer de ellos un calendario general, perpetuo y tan perfecto como sea posible. Este gran asunto, de interés tan universal, puede ponerse a concurso y ese es, sin discusión, el mejor medio para exponer las dificultades prácticas de una reforma y las condiciones en las que un proyecto así podría adoptarse sin una gran sacudida en los usos establecidos.
Acabamos de recibir de un hombre muy competente, que nos ha pedido no revelar ni su nombre ni su país, la suma de CINCO MIL FRANCOS, destinada a premiar el mejor proyecto de reforma del calendario civil.
El comité de redacción de L'Astronomie abre, por tanto, un concurso a partir de hoy, con la esperanza de que los sabios que se pongan manos a la obra den a luz un proyecto simple, definitivo y aplicable a todos los pueblos.
CAMILLE FLAMMARION.
II
EXPOSICIÓN GENERAL DE LA CUESTIÓN
(Extracto de L'Astronomie, noviembre de 1884).
SEÑOR DIRECTOR:
Hace mucho tiempo que me ocupo de las diversas cuestiones relacionadas con la reforma del calendario, pero solo como aficionado y sin la menor esperanza de poder utilizar algún día mi trabajo. Esperaba, como los judíos esperan al Mesías, que un hombre de ciencia, una autoridad como usted por sus numerosos trabajos, y cuyos escritos se difunden en las cinco partes del mundo, tomara la iniciativa de esta reforma y alzara su estandarte.
Por eso leí con una alegría que no puedo ocultar el llamamiento que acaba de hacer a todos los amigos del progreso en favor de la reforma del calendario. Otros, más competentes que yo, se apresurarán sin duda a responder. Por mi parte, me limité a rebuscar entre mis carpetas, donde estos papeles dormían en el polvo, y a sacar viejos cuadernos en los que había reunido numerosos documentos sobre la cuestión, recogidos en autores antiguos y modernos, ingleses, rusos, franceses, alemanes e italianos, que habían tratado el mismo tema.
Hice de ello un resumen muy breve, considerando la reforma desde un solo punto de vista: el práctico, que me parece el más importante y el más fácilmente aceptable. Tengo el honor de enviárselo, esperando que quiera acogerlo favorablemente y darle cabida en su revista.
Le ruego acepte, señor Director, el homenaje de mi reconocimiento y de mi más alta consideración.
§ 1.º - Panorama histórico.
El calendario civil (o anuario) no es otra cosa que el estado oficial de la división del tiempo, promulgado por la autoridad civil, que regula el año, los meses, los días, las horas, etc.
Desde el origen del mundo, los seres humanos comprendieron la necesidad de regular mediante leyes la división del tiempo y la nomenclatura de sus distintas partes. Un calendario les pareció tan útil como la moneda, los pesos y las medidas. Por eso todos los pueblos, incluso los más antiguos, tuvieron su calendario. Perfeccionar o reformar el anuario fue, en todas las épocas, una preocupación de los legisladores. Numa, Julio César y Gregorio XIII son los nombres más célebres en la historia de esta reforma.
La aspiración constante de todos los siglos hacia un calendario perfecto, los esfuerzos continuos de todos los pueblos por perfeccionarlo y el malestar que siempre han sentido y todavía sienten por sus imperfecciones muestran claramente que el calendario no es solo una obra de arte o de ciencia, ni un objeto de lujo, ni una invención simplemente útil y cómoda, sino una necesidad real para quien quiere vivir en sociedad; una ayuda indispensable para organizar su trabajo y sus asuntos, sus relaciones sociales, su historia y la celebración de sus fiestas religiosas o nacionales.
El calendario es, como la geografía, y quizá más aún, el ojo de la historia: interesa por igual a todos los seres humanos, y todo el mundo lo consulta sin cesar porque es necesario todos los días y para todos.
El calendario es, en cierto modo, un reloj que indica con orden las divisiones del año, el número y la sucesión de los días, meses y semanas; recuerda infinidad de hechos y aporta información útil en el momento oportuno. Del mismo modo que un reloj que indica las horas y los minutos es tanto más útil y perfecto cuanto más constante y uniforme es su indicación, así también se ha pensado siempre que la perfección del calendario, desde el punto de vista práctico, consiste sobre todo en la regularidad y uniformidad de todas sus disposiciones: cuanto menos cambie de un año a otro, más útil y cómodo será.
El principal mérito de un calendario, decía Fabre d'Églantine en su informe a la Convención, es presentar un gran carácter de sencillez, con divisiones naturales, constantes y fáciles de recordar.
Hacia ese objetivo tendieron siempre los esfuerzos de sabios y legisladores que se ocuparon de elaborar o reformar anuarios. Es cierto que la naturaleza fue la primera guía del ser humano en la división del tiempo y aportó por sí misma los primeros y principales elementos del calendario. Dos astros, particularmente ligados a la Tierra, medían el tiempo con gran regularidad, indicando días y noches, meses, estaciones y años. Pero esos dos relojes celestes no coincidían en todo y, además, solo medían el tiempo de forma incompleta.
Quedaba, por tanto, mucho por hacer para que sabios y legisladores plasmaran en la ley el calendario de la naturaleza y lo completaran.
En primer lugar, se dedicaron a fijar la duración del año civil y a armonizarla, en la medida de lo posible, con el año celeste. Los historiadores suponen que durante algún tiempo se intentaron años de un día, luego de un mes y luego de una estación; pero pronto se adoptaron duraciones más acordes con la revolución anual del Sol o de la Luna, y así hubo años de aproximadamente 354, 360 y 365 días, con una variedad infinita de días complementarios cuya fijación desesperó durante mucho tiempo a los astrónomos.
Después, se aplicaron a determinar la época en que debía comenzar el año, y esa época varió tanto que apenas hay mes del año que no haya tenido, en algún momento, el honor de ser el primero. Solo bajo Carlos IX, en 1564, el mes de enero ocupó decididamente el primer lugar, que ha sabido conservar hasta hoy, pese a protestas legítimas.
Los legisladores también tuvieron que elegir entre año lunar y año solar, o conciliarlos mediante concesiones mutuas. La lucha fue larga y no ha terminado.
Comprendieron igualmente la necesidad de dividir el año en unidades suficientemente grandes, que funcionaran como pausas para el espíritu dentro de esa larga serie de 365 pequeñas unidades llamadas días. Tras una ligera vacilación entre estaciones y meses, se adoptó de forma general la división por meses, por parecer más cómoda.
Una vez admitidos los meses, hubo que fijar cuántos días tendría cada uno y establecer cierto equilibrio entre ellos. El problema era difícil, pues todavía hoy no se ha resuelto de manera plenamente satisfactoria.
El propio mes pareció luego una unidad demasiado grande; se sintió la necesidad de otras unidades intermedias y, según las épocas y los países, hubo idus, nonas y calendas, semanas y décadas. Pero la semana, aunque poco cómoda, se impuso casi en todas partes por razones ajenas a la astronomía.
Por último, quedaba regular de manera simple y práctica el comienzo y el final del día civil, el número y la duración de las horas. Durante mucho tiempo se siguió al Sol y, según la hora a la que salía o se ponía, los días empezaban o terminaban más pronto o más tarde; asimismo, según las estaciones y los meses, las horas eran a veces más cortas y a veces más largas. Sin embargo, se acabó comprendiendo la incomodidad de este sistema y se decidió fijar de forma invariable el día de medianoche a medianoche, dividido en 24 horas siempre iguales de 60 minutos, y estos en segundos.
Solo después de un número infinito de ensayos, tanteos, experiencias y avances sucesivos se logró ordenar la división del tiempo y coordinar sus distintas partes de una manera algo menos irregular y más acorde con la naturaleza y nuestras necesidades. Así, nuestro calendario, que no es otro que el juliano reformado en 1582 por Gregorio XIII, es en cierto modo obra de todos los siglos: un resumen de los trabajos de astrónomos antiguos y modernos y de las reformas de los grandes legisladores.
Con razón se convirtió en el calendario de casi todos los pueblos civilizados. Pero, aunque más perfecto que la mayoría de sus predecesores, aún deja mucho que desear y necesita, a su vez, una reforma que lo haga más simple, más regular, más útil y sobre todo menos incómodo.
§ 2. - Defecto principal de nuestro calendario.
Entre todos los defectos que pueden reprocharse a nuestro calendario, y quizá a los calendarios de todos los pueblos, hay uno que quiero señalar en particular, precisamente porque los autores, escritores y publicistas que, sobre todo al inicio del año, no le ahorran críticas, parecen no haberlo advertido, salvo pocas excepciones, o al menos no han formulado una acusación explícita contra él. Y, sin embargo, es el reproche más justo y más grave que puede hacérsele, y lo expresamos así: con el calendario actual, los años se suceden y no se parecen.
En efecto, el calendario del año que empieza es completamente distinto del calendario del año que termina. Los 365 días cambian cada año de posición y ya no coinciden con los mismos días de la semana. Así, el 1 de enero, que en 1884 fue martes, será jueves en 1885, viernes en 1886, sábado en 1887, etc., y todos los demás días del año, hasta el 31 de diciembre, sufrirán el mismo desplazamiento. Puede decirse, por tanto, que nuestro calendario solo es constante en su perpetua inconstancia.
Esto nos obliga a publicar cada año un nuevo almanaque, porque el de los años anteriores ya no sirve.
Semejante desorden es, evidentemente, contrario al fin esencial de todo calendario y a los principios que deberían regir todas sus disposiciones. Contraría sin cesar nuestros hábitos mediante cambios continuos, introduce confusión en nuestros asuntos, nos impide organizar con orden nuestro tiempo, nuestras ocupaciones y nuestras relaciones sociales, y desordena nuestra memoria con contradicciones y anacronismos permanentes.
Por eso, lo que siempre se ha admirado más del calendario, tan poco universal y por otra parte tan poco práctico, de la República francesa de 1793, es que presentaba tal simetría en el conjunto y en el detalle de sus disposiciones, que todos los años se parecían, todos los calendarios eran uniformes y los días del mes correspondían constantemente a los mismos días de la década. Desde ese punto de vista, todo el mundo reconoce que el calendario republicano tenía ventajas indiscutibles gracias a su admirable regularidad.
La reforma que proponemos consiste, por tanto, principalmente en dar al calendario esa sencillez y, sobre todo, esa uniformidad que le faltan. Para ello, formulamos el deseo de que todos los años, al sucederse, se parezcan lo máximo posible; que el primero de año, por ejemplo, sea siempre domingo, el día 2 lunes, y así sucesivamente hasta el 31 de diciembre, de modo que los 365 días del año caigan invariablemente en los mismos días de la semana que en los años anteriores.
Pero, ¿cómo llevar a cabo esta reforma?
Antes que nada, busquemos de dónde viene el mal y cuál es la causa del defecto que quisiéramos eliminar. Esta causa es la siguiente: si el año civil tuviera exactamente 364 días, que divididos entre 7 dan justo 52 semanas completas, todos los años se renovarían sin cesar con perfecta uniformidad. Lamentablemente, Julio César, para hacer coincidir su año civil con el año celeste, lo compuso de 365 días y, a veces, en los años bisiestos, de 366; es decir, 52 semanas más uno o dos días.
Pues bien, ese día 365 es precisamente el que crea toda la dificultad: rompe la armonía que existiría con 364 días, impide la uniformidad tan deseable en la sucesión de los años y, al desplazar un puesto el primer día de cada nuevo año, obliga también a desplazar todos los demás, perpetuando así el desorden.
¿Qué hacer entonces con ese día 365? Yo no soy Josué para detener el Sol al final del día 364 y hacer que empiece enseguida un nuevo año, ni Apolo para frenar mis caballos; debo aceptar necesariamente las leyes de la naturaleza, que dan al año 365 días.
Si conservo ese día 365 tal como está en nuestro calendario, seguirá siendo una causa permanente de trastorno; y si lo suprimo por completo, esa supresión de un día cada año romperá rápidamente la armonía que debe reinar, al menos en cierta medida, entre el año civil y los movimientos celestes.
El problema parece, de entrada, difícil, casi imposible de resolver. Sin embargo, la solución puede ser más simple de lo que parece. ¿No podría conservarse el día 365 e impedir que cause desorden? Bastaría, a ejemplo de los antiguos egipcios, con convertir ese día 365 en un día complementario, que no alterara el orden de los días del año siguiente.
Y si se rechazara la idea de un día complementario porque parecería romper la cadena de períodos sagrados de siete días, podría adoptarse la siguiente disposición: los años serían de 364 días, es decir, 52 semanas completas, sin ningún día complementario; pero cada año se reservarían el día 365 y también el 366 de los años bisiestos para formar, en épocas fijadas de antemano por los astrónomos y para largos periodos, una semana complementaria completa.
Por ejemplo:
El año 1884 (bisiesto) tendría 2 días reservados. » 1885 » 1 » » » 1886 » 1 » » » 1887 » 1 » » » 1888 (bisiesto) » 2 » » En total 7 días reservados.
El año 1888 tendría, por tanto, una semana complementaria. Esa semana, que los astrónomos situarían de la manera más cómoda y conveniente, reaparecería aproximadamente cada cinco o seis años.
En el fondo, con ese día incómodo (el 365) no se haría más que lo que nuestro calendario ha hecho siempre desde Julio César con las seis horas de más que quedan al final de cada año: los astrónomos nos las «perdonan» cada año y esperan cuatro años para que esas seis horas acumuladas formen un día entero, que colocan como día suplementario al final de febrero. De lo contrario, el año empezaría unas veces a medianoche, otras a las seis, otras al mediodía, etc.; cada hora tendría su turno y el mismo desorden se repetiría todos los días del año.
Con buen criterio, por razones de orden y regularidad, esperan —como acabamos de decir— a que esas seis horas acumuladas formen un día completo, que sitúan cada cuatro años al final de febrero. Lo que pedimos aquí es que hagan lo mismo con el día 365 y el 366 de los años bisiestos, y solo los tengan en cuenta cuando puedan formar una semana completa.
Sin embargo, por sencillo que sea este sistema, no lo proponemos de forma exclusiva; estamos convencidos de que la ciencia podrá descubrir otros más simples y, sin duda, preferibles.
§ 3. - Ventajas de la reforma propuesta.
Con estas disposiciones constantes e invariables, por fin tendríamos un calendario realmente perpetuo, inmutable. Ya no habría que cambiarlo cada año, y un mismo calendario nos serviría indefinidamente durante toda nuestra vida, desde el nacimiento hasta la muerte, igual que un mismo reloj nos sirve todos los días y sigue sirviendo a nuestros descendientes.
Así, mientras ahora solo tenemos calendarios de cartón, el nuevo calendario perpetuo podría grabarse en mármol, bronce, oro, plata o marfil, y colocarse en la fachada de los edificios públicos, porque dentro de mil años y más allá seguiría siendo el mismo.
Esta reforma sería tanto más fácil de aceptar para todo el mundo cuanto que, a diferencia de casi todas las reformas, no contrariaría en nada los usos antiguos, la rutina ni las viejas costumbres. Casi ni se percibiría el cambio, porque en realidad sería menos un cambio que el fin de todos esos cambios que hoy estamos obligados a sufrir cada año.
Además, se comprendería de inmediato su utilidad real y todas sus ventajas, junto con su singular sencillez. Liberado de los inconvenientes e imperfecciones del calendario actual, el nuevo calendario respondería a esa necesidad, hoy más fuerte que nunca, de orden, economía y estabilidad en la organización del tiempo.
Con el nuevo calendario, cada persona podría organizar de antemano y para una larga serie de años el uso de su tiempo de una manera plenamente constante, uniforme y regular, y por tanto más útil.
Esta gran ventaja se apreciaría sobre todo:
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- En las administraciones públicas y privadas, donde cada año hay que reajustar multitud de disposiciones, casi día a día, porque las variaciones constantes del calendario impiden fijarlas de una vez para siempre.
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- En colegios, escuelas y centros de enseñanza, donde el orden es tan necesario y donde incluso los más previsores constatan que, por culpa del calendario, aún han dejado cosas sin prever ni regular.
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- En la industria, en los negocios, en la contabilidad y en la organización de las jornadas de trabajo.
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- En los ferrocarriles, para la comparación de ingresos entre semanas llamadas «correspondientes», que en realidad corresponden muy mal por culpa del calendario.
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- En la organización, tan importante, de ferias y mercados: hoy, tanto si se fija un día concreto de la semana como un día concreto del mes, las oscilaciones del calendario generan numerosos obstáculos, obligan a aplazar, anticipar o suprimir lo previsto y, además, fuerzan a hacer cálculos continuos que provocan muchos errores y olvidos.
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- En una infinidad de circunstancias en las que, a diario, se sufre la falta de correspondencia de un año a otro entre días del mes y días de la semana.
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- No olvidemos las asociaciones que celebran reuniones en fechas regulares y que entonces podrían elegir días y fechas invariables.
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- Lo mismo ocurriría con las familias que desean reunirse en días fijados de antemano.
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- También en los aniversarios y en el culto del recuerdo: al celebrar un acontecimiento en su día del mes, se querría celebrarlo también en el mismo día de la semana. Con el calendario actual, esa coincidencia feliz casi nunca se produce.
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- Esta reforma facilitaría además la enseñanza de la historia, al dar a las efemérides de hechos públicos o familiares una precisión cronológica que les ha faltado hasta ahora, eliminando el anacronismo práctico de recordar, por ejemplo, en lunes un hecho que ocurrió otro día de la semana.
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- Añadamos, para terminar, que también ganarían mucho las religiones y cultos diversos, cuyos calendarios inestables alteran cada año fiestas y ceremonias.
Pero las ventajas de la reforma propuesta son demasiado evidentes y demasiado indiscutibles como para entrar en más detalles. Dejamos, pues, a la ciencia, a la historia, a la religión, a la agricultura, a la industria, al comercio y a las artes —para quienes el tiempo es siempre y en todas partes un elemento esencial— el cuidado de proclamar sus beneficios.
§ 4 - Observaciones diversas.
Desde el punto de vista de la ciencia, no hemos encontrado ninguna objeción seria a este proyecto de reforma. El equilibrio entre el año civil y el año solar se mantiene o se restablece pronto, y seguimos teniendo en cuenta, con la misma precisión que antes, días, horas, minutos y segundos.
Si aun así se quisiera reprochar al proyecto una diferencia pasajera de algunos días para tal año o tal estación, respondería que esa diferencia no tiene importancia en sí misma, pasaría completamente desapercibida, no causaría ninguna alteración en nuestros hábitos y, aunque fuera de un número de días mayor, no habría motivo para preocuparse.
Nuestra intención, por lo demás, ha sido hacer un calendario de uso práctico y cómodo, más que un calendario astronómico; un calendario para todo el mundo, más que para el observatorio. Y la perfección del calendario civil no consiste exactamente en su mayor conformidad con el Sol, como demuestra el propio calendario gregoriano, que contiene muchas disposiciones poco conformes con la naturaleza, pero adoptadas por resultar más cómodas.
Sin duda se preguntará cómo hemos podido esperar hasta hoy para llevar a cabo una reforma que parece tan simple y tan útil. Solo ese hecho bastaría para crear un prejuicio desfavorable al proyecto, y debíamos explicarlo.
Sin detenernos en razones generales —como que el progreso es lento en casi todo, que precisamente las reformas más simples y útiles suelen tardar más en llegar y que los siglos pasados parecen querer dejar siempre algo por hacer a los venideros—, nos ha parecido, con la historia en la mano, que desde hace tiempo casi se había olvidado el objetivo principal del calendario.
Solo se pensaba en ajustarlo perfectamente al año solar y, cuando Gregorio XIII cumplió ese deseo de la ciencia, se creyó que todo estaba resuelto y que ya no había nada más que reformar. Desde entonces, la mayoría de los autores se limitan a señalar de pasada los defectos del calendario gregoriano, sin impulsar realmente su reforma, y tampoco los legisladores parecen haberse ocupado seriamente de ello.
Salvo, eso sí, la Convención (Francia, 1793), que comprendió la necesidad de un nuevo anuario. Lamentablemente, junto a algunas disposiciones sensatas y útiles, introdujo otras absurdas e impías, y el calendario republicano solo duró unos pocos años.
En nuestra época, lo reconozco, los hombres de ciencia no parecen darse cuenta de que aún tienen una gran tarea por cumplir. Pero, desde el día en que se les consulte sobre este punto, no dudo de que descubrirán de inmediato todas las imperfecciones del calendario civil, indicarán los medios más sencillos para corregirlas y proclamarán, mejor de lo que pudieron hacerlo algunos pocos escritores, la necesidad y las ventajas de una reforma.
Tiene usted, por tanto, mil veces razón, señor Director, al querer someter ante todo esta importante cuestión a un congreso internacional que convoque a los economistas más competentes, a los sabios de todos los países y a los astrónomos más distinguidos.
Y cuando la ciencia haya hablado, la conciencia de los legisladores quedará plenamente esclarecida, y podrán, tras ese número infinito de ensayos realizados durante tantos siglos y por tantos genios, llevar a cabo la mayor, la más lógica, la más útil y al mismo tiempo la más simple de todas las reformas, y dar a todos los habitantes de nuestro planeta el más perfecto de todos los calendarios, que un día se convertiría necesariamente en un calendario universal: el calendario de todos los pueblos.
A. B. C.
III
OBSERVACIONES SOBRE LA REFORMA DEL CALENDARIO
(Extracto de L'Astronomie, agosto de 1885).
SEÑOR DIRECTOR:
He leído con el mayor interés, en la Revista astronómica que usted dirige, dos artículos sobre una de las cuestiones más importantes desde el punto de vista práctico: la reforma del calendario civil.
En una primera comunicación, fechada en septiembre pasado, usted mismo, señor Director, hacía un llamamiento a todas las buenas voluntades para acelerar la solución de un problema que considera, con toda razón, esencial para las relaciones sociales de todo tipo, y especialmente para las relaciones entre personas de distintas nacionalidades.
Su llamamiento fue escuchado y, en el número de L'Astronomie de noviembre, seguí con gran satisfacción los avances de la gran campaña científica de la que usted fue impulsor.
No me corresponde conceder al autor anónimo del notable artículo al que me refiero todos los elogios que merece y que obtendrá sin duda del público y del mundo científico. Tampoco pretendo volver sobre los curiosos detalles históricos contenidos en esa interesante memoria. Pero espero, señor Director, que me permita aportar mi modesta piedra al edificio del que usted es arquitecto y que quiera conceder hospitalidad en sus columnas a las observaciones que siguen.
Reciba, etc....
JULES BONJEAN,
Doctor en Derecho, abogado ante el Tribunal de Apelación. - París
§ 1.º - Bases esenciales de un calendario normal.
Si se analizan, de manera general, los distintos sistemas adoptados sucesivamente, tanto en la Antigüedad como en los tiempos modernos, para regular el cómputo del tiempo, se observa, no sin sorpresa, que los reformadores más ilustres solo obtuvieron resultados relativamente imperfectos. Y sin embargo, a primera vista, parece que nada sería más fácil para un legislador con poder soberano que imponer a la población reglas absolutamente metódicas y plenamente satisfactorias en materia de calendario.
¿A qué se deben, entonces, dificultades tan considerables que los mayores genios de todas las épocas no han podido superar por completo? ¿Por qué nunca se ha logrado, hasta hoy, establecer un sistema de cómputo del tiempo que satisfaga todos los intereses y todas las exigencias?
A nuestro juicio, la causa de esos cambios constantes y de esos fracasos repetidos es fácil de identificar: la multiplicidad de los puntos de vista desde los que el legislador puede y debe situarse para regular las distintas divisiones del tiempo. En efecto, debe tener en cuenta al mismo tiempo: 1) la duración de las principales evoluciones astronómicas; 2) las costumbres, e incluso los prejuicios arraigados de la población; 3) y, sobre todo, las necesidades de la vida práctica.
Ahora bien, en la mayoría de los casos es imposible satisfacer simultáneamente todos esos órdenes de ideas, y el creador de un nuevo calendario se ve obligado a optar entre consideraciones igualmente respetables pero opuestas. De ello se sigue que, en ese conflicto de intereses de distinta naturaleza, un punto de vista suele sacrificarse en favor de otro, lo que explica las lagunas e imperfecciones que inevitablemente presentan todos los calendarios.
Ante esta imposibilidad de alcanzar un resultado absolutamente satisfactorio en todos los aspectos, ¿qué línea de conducta debe seguir el reformador? ¿Debe encerrarse exclusivamente en el dominio de la ciencia pura y considerar solo las evoluciones planetarias, adoptando únicamente el punto de vista astronómico? ¿Debe, por el contrario, imitando en esto a los pontífices romanos, dejarse guiar por el respeto a la tradición hasta mantener métodos de cómputo que rechazan tanto la ciencia como el sentido práctico? ¿Debe, en una palabra, situarse solo en el punto de vista tradicional? ¿O bien, despreciando por igual los principios científicos y las consideraciones históricas más respetables, debe preocuparse únicamente de crear divisiones cómodas, adaptadas a las necesidades de la vida, y atenerse solo al punto de vista práctico?
A nuestro entender, ninguno de esos tres métodos, por sí solo, puede dar resultados satisfactorios. Para convencerse, basta considerar las consecuencias absurdas a las que se llegaría adoptando exclusivamente cualquiera de esos tres sistemas.
Supongamos, en efecto, que solo se adopta el punto de vista astronómico. Desde el inicio aparecen dificultades insalvables, porque el comienzo y el fin de las evoluciones planetarias no coinciden exactamente: el año solar no se compone ni de un número exacto de meses lunares ni siquiera de un número exacto de días. Más aún: los días solares no son rigurosamente iguales entre sí.
- Si hubiera que atenerse exclusivamente a los fenómenos siderales, habría que redactar tablas astronómicas cuyo uso estaría reservado a especialistas y que, en ningún caso, constituirían un calendario en el sentido pleno de la palabra.
- Y ese no sería el único inconveniente. Aun suponiendo que las evoluciones astronómicas más largas fueran múltiplos exactos de las más pequeñas, tampoco se obtendría un resultado plenamente satisfactorio. Imaginemos que el año solar constara exactamente de 365 días y 5 meses lunares de 73 días cada uno: ¿qué ocurriría?
- Obtendríamos divisiones muy científicas quizá, pero claramente inaplicables a las necesidades de la vida social. ¿Cómo conformarse con un sistema en el que ninguna de las unidades fuera fácilmente fraccionable; en el que no pudiera distinguirse ni medio año con un número exacto de meses ni medio mes con un número exacto de días?
- Esta simple hipótesis muestra que, incluso con coincidencia perfecta entre evoluciones astrales, no bastaría con recluirse en el campo científico, so pena de producir una obra impracticable para la vida cotidiana, sin contar el trastorno que causaría en costumbres y hábitos de la población.
¿Habrá que rechazar entonces toda consideración científica y, desesperando de una solución metódica, limitarnos a aplicar lo mejor posible las reglas heredadas y seguir la tradición? Esa postura, a nuestro juicio, no puede defenderse seriamente.
- Sin duda, en nuestro calendario actual hay disposiciones que, aunque poco justificables desde el punto de vista lógico, son respetables por su concordancia con costumbres y usos profundamente arraigados.
- Pero también es cierto que otras reglas, cuyo único fundamento es igualmente la tradición, podrían reformarse sin herir los hábitos nacionales.
- Así, por ejemplo, si se comprende que se vacile en suprimir la semana, período tradicional por excelencia, resulta difícil explicar que por pura rutina se mantenga todavía febrero con solo 28 días, cuando el número de meses de 31 días supera al de meses de 30.
Si no podemos guiarnos solo por la ciencia ni solo por la tradición, parece, a primera vista, que habría que limitarse a consideraciones prácticas. Pero también ahí caeríamos en otro escollo.
- Supongamos que hacemos abstracción de toda idea científica o histórica: ¿qué pasaría? Bastaría con constituir períodos facticios de uso cómodo, fácilmente divisibles entre sí: por ejemplo, un año de 100 días con 10 meses de 10 días, o un año de 240 días con 12 meses de 20 días, subdivididos en períodos de 5 días.
- Pero un calendario así, aunque cómodo para el cómputo de plazos y vencimientos, no ofrecería ningún criterio para el retorno de los fenómenos más esenciales, ni siquiera en términos prácticos, y tampoco se adaptaría a las costumbres y hábitos mentales de las poblaciones.
¿Qué principios deben adoptarse, entonces, para fundar un calendario verdaderamente bueno y útil, si no perfecto? Acabamos de ver que es imposible situarse exclusivamente en uno de los tres puntos de vista: astronómico, tradicional o práctico. Por tanto, hay que combinarlos, sacrificando lo menos posible cada uno de ellos.
Pero, en caso de conflicto entre consideraciones de distinto orden, ¿cuál debe ser el criterio? A nuestro juicio, debe prevalecer siempre el punto de vista práctico. ¿Cuál es, en efecto, el objetivo esencial del calendario? ¿Informar a los sabios del instante preciso en que se producen fenómenos astronómicos? ¿Perpetuar usos y prejuicios ya desaparecidos? No puede sostenerse seriamente.
Al reformar el calendario, hay que preocuparse ante todo por las necesidades de la vida cotidiana: crear divisiones simples, fácilmente fraccionables, que concuerden entre sí en la medida de lo posible y suficientemente variadas para que una u otra corresponda casi siempre a una duración útil para organizar asuntos, trabajo o descanso. Sin duda, por esas mismas razones de utilidad, también debe tenerse en cuenta la ciencia y respetarse en cierta medida la tradición; pero solo hay que renunciar a divisiones simples y cómodas en última instancia, y cuando esté demostrado que omitir una consideración astronómica o tradicional acarrearía un inconveniente práctico serio.
§ 2. -- Crítica de las diversas subdivisiones del calendario gregoriano.
El calendario gregoriano, actualmente en vigor en la mayoría de las naciones civilizadas, es sin duda uno de los mejores, si no el mejor, de cuantos se han utilizado hasta hoy. No vamos, por tanto, a remontarnos a todas las épocas ni a analizar todos los métodos empleados para computar el tiempo. Con una finalidad esencialmente práctica, nos limitaremos a estudiar cada una de las subdivisiones de nuestro calendario actual, valorándolas conforme a los principios expuestos en el apartado anterior.
1° EL DÍA. El día es la base misma, la unidad primordial de todo calendario. La sucesión de la luz y de la oscuridad, al menos en casi todos los climas habitables, hace del movimiento de rotación de la Tierra la subdivisión del tiempo más necesaria para la vida cotidiana. Es cierto que el día astronómico no coincide rigurosamente con el día medio por el que se rigen nuestros relojes; pero la diferencia entre ambos se mantiene en límites muy estrechos. Puede decirse, por tanto, que esta primera división se ajusta a la vez a los datos de la ciencia, a las exigencias de la vida práctica y al consenso universal de las naciones.
2° LA SEMANA. Con la semana ocurre algo distinto. Este periodo no corresponde de manera precisa a ninguna evolución astronómica y presenta, además, un doble inconveniente: por un lado, comprende un número indivisible de días; por otro, no es una fracción exacta del año.
Sin embargo, creemos que aquí, incluso desde el punto de vista práctico, el respeto a la tradición se impone con fuerza. De hecho, los tres defectos señalados no son tan graves como parecen a primera vista. En primer lugar, si la semana no aporta gran cosa para indicar el retorno de ciertos fenómenos climáticos, también es cierto que ninguna otra unidad astronómica de duración similar ofrecería mayores ventajas en ese aspecto; y, sin embargo, es indispensable contar con subdivisiones intermedias entre el día y el año.
En cuanto a la segunda objeción, el carácter indivisible del número 7, conviene recordar que, por uso constante y reforzado por preceptos religiosos en muchos pueblos, uno de esos siete días se dedica al descanso. De ese modo, los días ordinarios quedan reducidos a seis, número más cómodo y fácilmente divisible.
Así pues, nos encontramos ante un único inconveniente realmente serio: la falta de concordancia entre la duración del año y un número entero de semanas. Ese defecto es importante y ya fue señalado con acierto por el autor del notable artículo publicado en esta revista en noviembre pasado. Pero ese mismo autor sugirió también el remedio, al exponer un método artificial destinado a eliminar dicho inconveniente.
A nuestro juicio, ese recurso sería aceptable; no obstante, en el párrafo siguiente nos permitiremos proponer otro procedimiento empírico, de naturaleza distinta, que quizá pueda alcanzar el mismo objetivo con menos desventajas.
Se ve, pues, que la semana presenta menos inconvenientes de lo que parece, tanto científicamente como en la práctica. Y si consideramos la necesidad de respetar, en la medida de lo posible, la tradición, quizá no haya periodo que se imponga con mayor fuerza que el de siete días. En la mayoría de los pueblos civilizados, las costumbres, los usos antiguos y las doctrinas religiosas hacen de esta subdivisión del tiempo una base esencial para el trabajo, el culto, los negocios y el ocio.
Por ello, conviene renunciar a sustituir la semana por periodos de 5, 6 o 10 días, por ejemplo, pues eso alteraría profundamente los hábitos de la población y produciría una obra destinada a desaparecer pronto, como ocurrió con el calendario de la Convención francesa, tan notable por otros motivos.
3° EL MES. Hablando con propiedad, el mes del calendario gregoriano es, al igual que la semana, una subdivisión puramente artificial. Para empezar, no corresponde exactamente a ninguna evolución astronómica. Además, los meses no son iguales entre sí, y ninguno ofrece siquiera la ventaja de ser una fracción determinada del año.
Este inconveniente se agrava por un espíritu de rutina difícil de justificar: febrero quedó en solo 28 días, mientras que los meses de 31 superan en número a los de 30. En resumen, aunque cuatro meses ofrecen una duración cómoda y divisible, los otros ocho —31, 28 o 29 días— resultan claramente menos prácticos.
Creemos, por tanto, que en este punto se impone una reforma. No lamentamos, eso sí, que el mes civil no coincida con el mes lunar. A diferencia de los movimientos de rotación y traslación de la Tierra, el movimiento de la Luna alrededor de nuestro planeta no produce consecuencias prácticas tan importantes como para sacrificar, en su nombre, la simplicidad y utilidad de otro modo de cómputo.
Admitimos, pues, que el mes civil pueda no concordar con el mes lunar y no sea más que una división artificial: un duodécimo de año. Pero, sentado ese principio y apartando la consideración científica, al menos debe satisfacerse, en lo posible, la exigencia práctica. Aquí ya no estamos, como en el caso de la semana, obligados por tradiciones tan arraigadas; las anomalías en la duración de los meses solo se explican por usos y prejuicios desaparecidos hace tiempo.
Por ello, en este punto hay que atenerse al sentido común y devolver al mes su carácter de división artificial, sí, pero práctica y cómoda del año. Veremos en el apartado siguiente cómo podría lograrse.
4° EL AÑO. A diferencia de la semana y del mes, el año sí es una unidad para la que debe tenerse en cuenta cuidadosamente la astronomía. Si podemos dejar en segundo plano las fases de la Luna, que apenas alteran la vida diaria, no ocurre lo mismo con el movimiento de la Tierra alrededor del Sol.
Así como la rotación terrestre impone necesariamente el día como unidad fundamental del tiempo, la traslación terrestre provoca, en la mayoría de latitudes, el retorno periódico de fenómenos climáticos de gran importancia práctica. Ahora bien, como el año solar no contiene un número exacto de días, es necesario recurrir a procedimientos empíricos para hacer concordar esos dos elementos esenciales del calendario.
No vamos a examinar aquí los distintos métodos utilizados para ello. Nos parece que, en conjunto, el calendario gregoriano puede considerarse suficientemente satisfactorio en este aspecto, salvo por la posición singular del día complementario, que se explica más por un respeto excesivo a la tradición que por otra razón.
§ 3. - Plan de reforma del calendario.
Hemos visto cuáles son las ventajas y lagunas del calendario gregoriano. Ahora queda examinar cómo conservar las primeras y corregir las segundas. No pretendemos, desde luego, presentar un proyecto perfecto en todos los puntos: nos limitamos a proponer las modificaciones que creemos posibles y necesarias. Pero, para mayor claridad, esta última parte adopta la forma de un plan de conjunto.
A nuestro juicio, el calendario reformado debería basarse en lo siguiente:
El año tendría 365 días, con días complementarios introducidos conforme a los principios del calendario gregoriano.
Se dividiría en 12 meses, alternando 30 y 31 días, de modo que tendríamos:
Enero . . . . . . . . . . . . . . . 30 días. Febrero . . . . . . . . . . . . . . 31 - Marzo . . . . . . . . . . . . . . . 30 - Abril . . . . . . . . . . . . . . . 31 - Mayo . . . . . . . . . . . . . . . .30 - Junio . . . . . . . . . . . . . . . 31 - Julio . . . . . . . . . . . . . . . 30 - Agosto . . . . . . . . . . . . . . .31 - Septiembre . . . . . . . . . . . . .30 - Octubre . . . . . . . . . . . . . . 31 - Noviembre . . . . . . . . . . . . . 30 - Diciembre . . . . . . . . . . . . . 30 - TOTAL . . . . . . . . . . . . . . . 365 días.
En los años bisiestos, diciembre recibiría un día 31.º, con lo que habría seis meses de 31 días y seis de 30.
El primer día del año sería siempre domingo; luego los días de la semana se sucederían en su orden habitual hasta el 30 de diciembre, último día del año en este sistema, que también sería domingo; de modo que el primer y el último día del año serían de descanso.
En los años bisiestos, el 31 de diciembre, día complementario, recibiría una designación especial o se calificaría simplemente como domingo.
Por último, el día civil seguiría regido por las reglas actuales, sin modificación alguna.
Nos parece que un calendario así presentaría ventajas considerables y sería, en varios aspectos, superior al calendario gregoriano.
En lo que respecta a los meses, el calendario actual divide el año en 7 meses de 31 días, 4 meses de 30 y 1 mes de 28 o 29 días; además, intercala los meses de 31 de una manera tan singular que con frecuencia hay que recurrir a trucos para recordar qué mes tiene 30 o 31.
El mes de febrero, desmesuradamente recortado, obliga a aumentar el número de meses de 31 días y convierte el mes de 30 en excepción cuando debería ser la regla. En resumen, el sistema actual carece de lógica.
En cambio, en nuestro sistema los meses de 30 días, que son los más cómodos, son mayoría y alternan regularmente con los de 31, lo que permite distinguirlos con facilidad. Además, desaparece la singularidad de un mes truncado como el febrero actual, y el día complementario de los años bisiestos se integra de forma natural al final del año, convirtiendo el duodécimo mes en uno de 31 días.
En este primer punto, la reforma propuesta parece poco discutible. En cuanto al sistema relativo a las semanas, admitimos más fácilmente el debate. Sabemos que se nos podría reprochar haber creado una semana de dos domingos, o incluso de tres, pariente de la famosa «semana de cuatro jueves».
Nos sedujo, sin embargo, la perspectiva de hacer concordar entre sí las distintas subdivisiones del calendario. ¿No es lamentable la falta de conexión actual entre el día de la semana y el día del año? ¿Quién no ha percibido los inconvenientes teóricos y prácticos que esto produce?
Sin duda, puede objetarse que nuestra última «semana» del año no sería verdaderamente una semana, sino una de 8 o incluso 9 días, rompiendo la cadena de periodos de 7. Es una crítica fundada, pero creemos que puede responderse con argumentos igualmente serios.
En primer lugar, para hacer coincidir la duración del año con un número exacto de semanas empleamos un procedimiento análogo al que ya se usa para ajustar años solares con números enteros de días. Del mismo modo que cada 4 años se añade un día complementario al año bisiesto, nosotros hacemos de la semana 52 una semana especial de 8 días en lugar de 7.
Ambos procedimientos son comparables: uno no es más empírico ni más extraño que el otro. Además, esta pequeña perturbación —dos domingos seguidos— se situaría precisamente en una época del año consagrada, por costumbre, a celebraciones excepcionales.
Y aunque la reforma presentara algunos inconvenientes, ¿no sería mejor aceptar esas molestias menores antes que mantener un estado de cosas claramente defectuoso?
En resumen, el nuevo calendario que proponemos superaría al gregoriano por las siguientes cualidades: concordancia perpetua entre días del año y días de la semana; mayor igualdad y regularidad de los meses; y ausencia de singularidades que solo se explican por la rutina.
Además, tendría la gran ventaja de respetar casi por completo los hábitos arraigados de la población, de modo que la reforma no alteraría el curso normal de la vida diaria y permitiría mejoras considerables, pasando casi inadvertida.
JULES BONJEAN.
IV
CIERRE DEL CONCURSO
(Extracto de L'Astronomie, mayo de 1886).
El concurso, abierto en septiembre de 1884, se cerró, como se había anunciado, en la fecha del 1 de enero de 1886. Cincuenta memorias, enviadas desde distintas partes del mundo, fueron examinadas en primera lectura y clasificadas.
El informe será sometido en breve al juicio de una alta comisión, modificado si procede y adoptado como exposición del PROYECTO de reforma deseado; después se publicará junto con los premios otorgados. Desde ahora podemos pensar que el premio de cinco mil francos no podrá concederse a un solo autor, sino que se repartirá entre varios.
Varios sabios nos han preguntado, a este respecto, si este proyecto no apuntaba también a la reforma del calendario religioso, asegurándonos que sería muy útil y que incluso era ampliamente deseada por todos los cristianos, católicos o protestantes. No podemos afirmar nada personalmente sobre ese punto.
Sin embargo, conocemos a miembros del Parlamento inglés que tienen la intención de proponer esta reforma en la Cámara de los Comunes, sobre todo con el deseo de fijar cada año, en la misma época, las vacaciones parlamentarias. Podríamos citar en particular a uno de ellos, conocido en todas partes por su inmensa fortuna y, sobre todo, por sus obras de beneficencia sin límites en Inglaterra y en Francia, y que dotó a París de las fuentes populares que llevan su nombre.
Pero corresponderá al Congreso que esperamos ver reunido para la reforma del calendario civil decidir si debe, al mismo tiempo, emitir un voto sobre la reforma del calendario religioso. Por nuestra parte, solo podemos ocuparnos del calendario civil.
Nos parece además que la reforma del calendario religioso compete al jefe de la religión cristiana. Gregorio XIII, con la colaboración de los sabios de su siglo, propuso hace tres siglos una reforma que fue aceptada progresivamente por casi todos los Estados cristianos; León XIII, considerado con razón amigo de la ciencia y del progreso, podrá, si lo juzga útil, decidir también la oportunidad de una nueva reforma.
V
INFORME SOBRE LOS PROYECTOS PRESENTADOS AL CONCURSO (1)
(1) Este concurso se cerró, como acabamos de ver, el 1 de enero de 1886. Al haberse fundado la Sociedad Astronómica de Francia y celebrar su primera sesión el 28 de enero de 1887, el Sr. Flammarion transmitió sus plenos poderes a la Sociedad en la segunda sesión (28 de febrero), que nombró de inmediato una comisión encargada de remitirle un informe sobre los proyectos presentados y sobre el reparto del premio de cinco mil francos. (Este informe, debido al Sr. Gérigny, secretario de la Sociedad, es el que se publica aquí).
El concurso abierto en 1884 por L'Astronomie, para un proyecto de reforma del calendario civil, produjo los resultados que cabía esperar de una convocatoria universal sobre una cuestión de interés tan evidente. Desde distintas partes del mundo se enviaron cincuenta memorias al Sr. Flammarion.
Algunas contenían varios proyectos distintos. Un cierto número presenta alto valor científico; otras ofrecen cualidades serias y un mérito indiscutible. Antes de entrar en la discusión detallada de estos numerosos trabajos, creemos importante precisar bien las bases sobre las que, en nuestra opinión, debe examinarse la reforma.
Todo el mundo coincide en que el calendario gregoriano, tal como se usa actualmente, presenta imperfecciones importantes; pero la importancia relativa de esas imperfecciones ha sido valorada de manera muy diferente por los autores, y los medios imaginados para remediarlas son numerosos y variados.
De la lectura de los proyectos se desprende que los defectos reprochados al calendario gregoriano, con razón o sin ella, son:
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- La desigualdad de los años civiles, que cuentan unas veces 365 días y otras 366.
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- La imperfección del ciclo gregoriano de 400 años que, al dar un año civil medio de 365,2425 días, mientras el año trópico es de 365,2422, genera un desfase de un día al cabo de unos 3500 años.
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- El carácter arbitrario de la división en doce meses, periodo de unos 30 días, que no corresponde, ni siquiera aproximadamente, a ningún periodo astronómico y que ni siquiera tiene la ventaja de ser un duodécimo exacto del año.
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- La desigualdad de esos meses, que tienen unas veces 31 días, otras 30 y otras 28 o 29.
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- El carácter empírico y poco cómodo de la semana de 7 días, cuya única justificación es la antigüedad de su origen.
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- La falta de concordancia entre días de la semana y fechas del año, que obliga a cálculos laboriosos cuando se quiere saber qué día de la semana corresponde a una fecha concreta.
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- La falta de concordancia entre días de la semana y fechas del mes.
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- La ausencia de divisiones decimales en la medida del tiempo.
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- El origen arbitrario del año, fijado desde Carlos IX en el 1 de enero, fecha que no corresponde a ningún fenómeno astronómico notable.
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- El carácter demasiado particular de la era cristiana, vinculada a un acontecimiento religioso, que puede herir la sensibilidad de poblaciones no cristianas y cuyo origen ni siquiera coincide con el año del nacimiento de Jesucristo.
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- El carácter arbitrario e ilógico de las denominaciones adoptadas.
Estas son las imperfecciones que los concursantes han tratado de eliminar, prestando cada uno más atención a la que le parecía más grave. Conviene discutir estos once reproches y examinar si están realmente fundados, y si es posible corregir los defectos señalados sin introducir otros más graves.
I
Hay, en primer lugar, una consideración capital que debe prevalecer sobre todas las demás y que introduce una diferencia fundamental entre la medida del tiempo y la de otras magnitudes: el doble movimiento de la Tierra, sobre su eje y alrededor del Sol, trae de vuelta, a intervalos casi iguales, fenómenos variados que desempeñan un papel considerable en toda nuestra existencia.
Las unidades de longitud o de peso pueden ser arbitrarias sin gran inconveniente, y de hecho las que usamos lo son; pero la sucesión del día y de la noche nos obliga a ajustar nuestra vida al movimiento diurno aparente del Sol, imponiéndonos de manera absoluta el día solar como unidad de tiempo.
Es verdad que el día solar, al no ser constante, no presenta rigurosamente el carácter esencial de una unidad de medida; pero se sabe cómo los astrónomos salvaron esa dificultad sustituyendo el día solar verdadero por el día solar medio. No insistiremos en esa ingeniosa solución, que además queda fuera de nuestro tema y que resuelve el problema del modo más satisfactorio. Puede decirse que el día solar medio, tal como se define en astronomía, es para los usos civiles una unidad de tiempo definitiva.
Pero el día solar medio es una unidad demasiado corta para duraciones extensas. Podría pensarse entonces en usar un múltiplo decimal de la unidad fundamental —por ejemplo periodos de 100 o 1000 días— como se usa el hectómetro o el kilómetro para medir distancias.
Si todos los días fueran iguales, eso ya se habría hecho y la cuestión del calendario no existiría (en un mundo sin estaciones, como Júpiter, no se percibe el año y el ciclo de los días puede ser cualquiera). Pero el ciclo de las estaciones nos trae alternativamente días largos y noches largas, calores sofocantes y fríos rigurosos, actividad y reposo de la vida vegetal.
Estamos obligados a contar con esa diversidad de fenómenos del mundo que nos rodea para organizar nuestras ocupaciones; el periodo de su sucesión se impone como unidad de tiempo con una autoridad no menor que la sucesión del día y la noche. De ahí nace la primera dificultad del problema: ese periodo, llamado por los astrónomos año trópico, no está formado por un número exacto de días; vale aproximadamente 365 días y un cuarto (365,242217) y además varía ligeramente con los siglos.
Afortunadamente, esta variación es tan pequeña que resulta inútil tenerla en cuenta, al menos durante varios milenios.
Es evidente que no puede mantenerse para usos civiles un año que no tenga un número entero de días. Como tampoco podemos renunciar a contar el tiempo por estaciones ni sustituir el año por un periodo decimal de 100 o 1000 días, solo quedan dos posibilidades.
La primera sería formar el año civil con el número entero de días más cercano al valor fraccionario del año trópico, es decir, 365 días. Esa fue la solución adoptada por los antiguos egipcios. Este año, siempre de 365 días y llamado «año vago», tenía la ventaja de ser siempre igual a sí mismo; pero se conoce el inconveniente de la fracción ignorada.
Al ser el año civil demasiado corto en aproximadamente un cuarto de día, las estaciones se desplazan un día cada cuatro años; la fecha del equinoccio de primavera, por ejemplo, avanza una unidad cada cuatro años, un mes cada unos 120 años, y en unos 1460 años las estaciones han dado toda la vuelta al calendario.
Los antiguos egipcios no veían inconveniente en esa variación anual; al contrario, pensaban que era ventajosa, porque al final del ciclo de 1460 años todas las estaciones quedaban «santificadas» por diferentes fiestas religiosas celebradas en fechas fijas.
Pero la civilización moderna no aceptaría un sistema así. El calendario no es solo una tabla arbitraria para dar nombres o números a los días sucesivos; es también una clasificación de los días futuros, a partir de la cual distribuimos con antelación trabajos y placeres, ocupaciones privadas o profesionales; y según él se organizan nuestros proyectos y hábitos.
Es la imagen de la sucesión de las estaciones, de la que nos indica por adelantado ciertos rasgos previsibles, como las horas de salida y puesta del Sol, la ecuación del tiempo, etc. No comprenderíamos que las mismas estaciones dejaran de reproducirse en las mismas fechas, porque entonces habría que modificar hábitos y cambiar las fechas de nuestras ocupaciones a medida que las estaciones se desplazaran dentro del calendario civil.
Las dos grandes reformas históricas del calendario tuvieron precisamente por objetivo poner, en la medida de lo posible, el año civil de acuerdo con el año trópico; y puesto que no podemos aceptar el año vago, debemos resignarnos a la segunda solución, la de Julio César y también la de Gregorio XIII: combinar años de 365 y de 366 días de manera que la media se acerque lo más posible a 365,2422.
Con este procedimiento, los puntos solsticiales y equinocciales se desplazan algunas horas durante los años de 365 días, que son demasiado cortos; pero cuando llega un año de 366, que es demasiado largo, el equinoccio se corrige en sentido contrario y vuelve aproximadamente a su posición inicial.
Puede discutirse el modo de distribución de los años de 365 y 366 días; incluso puede proponerse, si se considera útil, combinar años de menos de 365 (defectivos) con años de más de 365 (abundantes). Pero el principio mismo de combinar años civiles de distinta duración para asegurar el retorno periódico de las estaciones a fechas similares debe permanecer absoluto e indiscutible.
La primera condición, y la más esencial, que debe cumplir el calendario es concordar con el año trópico; es decir, que la duración del año medio sea lo más cercana posible a 365,2422.
II
Junto a esta obligación fundamental, impuesta por una relación numérica entre fenómenos naturales completamente ajena a la voluntad humana, hay otra condición capital que no debe perderse de vista al elaborar un proyecto de reforma. Depende de consideraciones diferentes, agrupadas en tres órdenes de ideas.
1.º El calendario gregoriano, en uso entre las naciones más civilizadas, no es la obra de un día ni la imposición de un solo legislador; es, por así decirlo, el resultado del trabajo de los siglos y de un gran número de generaciones. No es otra cosa que el antiguo calendario romano, cuyo origen se pierde en la noche de las leyendas de Rómulo y Numa Pompilio, reformado varias veces según el progreso de la ciencia, pero nunca transformado por completo. Un breve repaso histórico no será inútil.
El año de Rómulo constaba de diez meses y tenía 304 días. Numa introdujo enero y febrero, elevando el total anual a 355 días. Más tarde se comprendió el inconveniente de esa duración civil, demasiado corta respecto del año trópico, y se ideó añadir cada dos años un mes suplementario, Mercedonius. Con una rareza casi inconcebible, ese mes se intercalaba entero entre el 23 y el 24 de febrero; aun así, el año seguía desajustado respecto del Sol.
Desesperados, se dejó al Gran Pontífice la decisión anual sobre si habría Mercedonius y cuál sería su duración. Esa solución agravó el desorden: los pontífices abusaban de su poder para alargar o acortar el año según su conveniencia. Dueños de adelantar o retrasar vencimientos y renovación de magistraturas, convirtieron el calendario en instrumento de fraude y corrupción. En tiempos de Julio César, el caos era tal que las fiestas de la cosecha caían en pleno invierno y se celebraban en primavera fiestas llamadas autumnalia.
Para remediar ese estado de cosas, César consultó al astrónomo egipcio Sosígenes y estableció el calendario juliano, esencialmente conforme al actual, salvo la antigua división en calendas, nonas e idus y la regla de intercalación bisiesta, que debía producir un bisiesto cada cuatro años sin excepción. Conviene recordar que el día suplementario bisiesto se colocó precisamente donde antes se intercalaba Mercedonius, es decir, entre el 23 y el 24 de febrero. Como el 23 se llamaba sextus dies ante kalendas Martis, el día intercalar tomó el nombre de bissextus dies; de ahí viene «bisiesto».
Además, para devolver las estaciones a sus fechas, se dio al año de la reforma una duración de 445 días: fue el llamado «año de la confusión», año 709 de Roma, o 46 a. C. Añadamos que, al principio, los pontífices aplicaron mal la regla y producían bisiestos cada tres años reales; Augusto corrigió ese error suprimiendo días contados de más.
El año juliano medio era de 365,25 días, excediendo al trópico en 0,007783 días (unos 11 minutos). Parece poco, pero acumulado da un día en unos 130 años. Así, el equinoccio de primavera, que con Julio César caía el 25 de marzo, pasó al 24, luego al 23, y en 325 (Concilio de Nicea) ya caía el 21.
El calendario juliano fue adoptado por Nicea para regular las fiestas de la Iglesia. También se fijó el equinoccio de primavera al 21 de marzo y la Pascua al domingo siguiente a la primera Luna llena posterior al 20 de marzo; por tanto, podía celebrarse entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Como se seguía suponiendo un año de 365,25 días, el equinoccio continuó retrocediendo un día cada 130 años.
A finales del siglo XVI el error era ya de 10 días: el equinoccio llegaba el 11 de marzo en lugar del 21. De haberse mantenido ese curso, la Pascua habría acabado cayendo en verano y luego en otoño. Para evitarlo, Gregorio XIII, a petición del Concilio de Trento, consultó a los astrónomos y sustituyó el calendario antiguo por el gregoriano.
La reforma consistió en devolver el equinoccio al 21 de marzo suprimiendo 10 días (al 4 de octubre de 1582 le siguió el 15) y, para prevenir nuevos desajustes, suprimir tres años bisiestos por cada 400 años. En el juliano eran bisiestos todos los años divisibles por 4, incluidos los seculares. Se mantuvo esa regla para años ordinarios, pero en los seculares solo serían bisiestos aquellos cuyo número de centenas fuera divisible por 4. Así, 1600 fue bisiesto; 1700, 1800 y 1900 no; 2000 sí.
365,25 - 3/400 = 365,25 - 0,0075 = 365,2425
Esta cifra difiere del año trópico (365,2422) en una cantidad mínima: apenas un día en unos 4000 años.
Pese a sus defectos, el calendario gregoriano cuenta con la autoridad de una tradición de veinte siglos y con hábitos muy arraigados. Por mucho que se desee suprimir disposiciones extrañas o ilógicas, no parece razonable imponer al mundo una ruptura radical. Conviene limitar la reforma a puntos esenciales, donde la ventaja práctica sea incontestable y compense los inconvenientes temporales inevitables de toda reforma.
2.º Incluso dejando de lado el respeto a las costumbres antiguas, la prudencia más estricta obliga a actuar con cautela. No se trata de diseñar el calendario teóricamente más perfecto, sino una reforma práctica aplicable en los hechos. Debemos, pues, orientar el trabajo a hacerla posible y aceptable.
Por perfecto que fuera nuestro proyecto para la razón o la ciencia, sería inútil si los interesados —es decir, la mayoría del mundo— no lo aceptaran. Además, hoy estamos en condiciones menos favorables que los reformadores del pasado. Las dos grandes reformas históricas (juliana y gregoriana) fueron obra de autoridades capaces de imponer su voluntad: César como dictador de Roma; el Papa en 1582 con gran ascendiente sobre Europa.
Aun así, hubo resistencias: los países protestantes tardaron en adoptar la reforma (Alemania, Dinamarca, Suecia y Suiza en 1600; Inglaterra en 1751). Todavía hoy el oriente de Europa conserva el calendario juliano y sus fechas se retrasan respecto a las nuestras.
Hubo una tercera gran tentativa: el calendario republicano. Funcionó trece años, pero no logró aceptación general, ni siquiera en Francia; la restauración del gregoriano fue recibida con alivio. En 1793, pese a un contexto favorable al cambio, se fue demasiado lejos: en vez de corregir lo esencial, se trastocó todo el edificio heredado. Entre las reformas de la Revolución, esta habría podido ser durable si hubiera sido más medida.
Hoy las circunstancias son distintas. Nadie puede imponer a la humanidad nuevas reglas de cómputo por mera autoridad monárquica, asamblearia o religiosa. Solo cabe esperar el consentimiento libre de los pueblos, por sus gobiernos o delegados. Toda reforma encontrará resistencias; hay que reducirlas al mínimo introduciendo únicamente cambios con ventajas prácticas evidentes.
3.º Para obtener ese consentimiento general, el proyecto debe poseer una cualidad esencial: ser universal. Uno de los grandes inconvenientes del sistema actual es, precisamente, que no es universal. Además, Asia (China, Japón, etc.) no puede quedar siempre al margen del concierto científico internacional.
¿Qué entendemos por «universal»? Ausencia de disposiciones ligadas a una nación, religión o clima particulares. El nuevo calendario debe servir a todos los pueblos, de forma flexible, sin imponer símbolos nacionales. El orgullo nacional es un obstáculo poderoso: cualquier proyecto que lo hiera está condenado al fracaso.
Precisamente ahí falló en parte el calendario republicano, de carácter marcadamente francés: nombres de meses ligados al clima de Francia, inadecuados en otros países y absurdos en el hemisferio sur; inicio del año fijado en función de una conmemoración política; y denominaciones poco afortunadas para los días complementarios.
El gregoriano, en cambio, tiene alto grado de universalidad: no remite a una nación concreta ni a un clima particular. La cuestión de las fiestas religiosas es externa al calendario propiamente dicho. Cada pueblo puede adaptar celebraciones y nomenclaturas sin cambiar la arquitectura del calendario. Nuestra tarea aquí es astronómica: ordenar días y años futuros con utilidad general.
III
Inspirándonos en esos principios, examinamos las objeciones formuladas contra el calendario gregoriano:
1.º La desigualdad entre años de 365 y 366 días proviene de un hecho astronómico: el año trópico no contiene un número entero de días. La voluntad humana no puede alterarlo.
2.º El año gregoriano vale 365,2425 días y el trópico 365,242217. La diferencia es:
365,242217 - 365,2425 = 0,000283
En mil años, el equinoccio medio retrocede 0,283 días; para un día completo se requieren unos 3533 años. En estas condiciones, la aproximación es plenamente suficiente. Si en un futuro lejano se quisiera corregir, bastaría suprimir un bisiesto.
Además, la regla gregoriana de intercalación es extraordinariamente simple: bisiestos los años divisibles por 4, excepto seculares no divisibles por 400. No deja lugar a arbitrariedad y es superior a otras reglas propuestas. No hay motivo para tocarla.
3.º El mes nació de las fases lunares. Pero, como el año trópico no contiene un número exacto de lunaciones, los calendarios lunares puros son imprácticos para la vida civil estacional. El mes civil moderno ya no sigue realmente la Luna; aun así, cumple una función práctica como unidad intermedia cómoda entre día y año.
Se ha propuesto dividir el año en 13 meses de 28 días más un complementario. Tiene una ventaja aparente (meses de semanas exactas), pero rompe divisiones muy útiles: con 13 no hay medios, tercios ni cuartos de año expresables de forma cómoda en meses enteros. El número 12, en cambio, es altamente divisible (2, 3, 4 y 6). Por eso, suprimir el mes o cambiar radicalmente la división anual daría más inconvenientes que ventajas.
4.º Distinta es la cuestión de repartir los 365 días entre los 12 meses: 7 meses de 31, 4 de 30 y 1 de 28/29 es un arreglo arbitrario y poco simétrico, fuente de complicaciones prácticas. Aquí sí debe actuar la reforma.
5.º La semana, aunque no sea una unidad astronómica, está tan universalmente implantada que no puede suprimirse ni alterarse sin fuerte rechazo social. La experiencia demuestra su utilidad para organizar trabajo y descanso.
6.º El mayor defecto práctico del calendario actual es la falta de concordancia entre días de la semana y fechas del año. Esa discordancia multiplica consultas, errores, retrasos y costos en vencimientos y compromisos. La parte capital de la reforma es corregir precisamente eso.
7.º También sería deseable mejorar la concordancia entre días de semana y fechas de cada mes; pero lograr una coincidencia perfecta para los doce meses exigiría trastornos inadmisibles.
8.º Ya se explicó por qué la división decimal de las unidades de tiempo más usuales no es practicable en este marco.
9.º La fecha de comienzo del año ha variado mucho históricamente. En Roma empezó en marzo, de donde provienen los nombres septiembre-octubre-noviembre-diciembre como meses séptimo a décimo. Luego hubo cambios (Navidad, Pascua, etc.) que generaron grandes irregularidades cronológicas, corregidas al fijar el 1 de enero.
Aunque un inicio astronómico del año (equinoccio o solsticio) puede parecer más racional, su aplicación práctica introduciría perturbaciones y errores de transición difíciles de aceptar. Por prudencia, conviene mantener el 1 de enero, ampliamente adoptado.
10.º La era cristiana ha sido criticada por su arbitrariedad y por problemas prácticos de cómputo con años negativos y ausencia de año 0. Pero la cuestión de la era es distinta de la del calendario. Aquí debemos ordenar los días del año; modificar la era puede reservarse para otra reforma independiente.
11.º También se ha cuestionado la denominación de los días de la semana. Su origen histórico es antiguo y heterogéneo, pero cambiar los nombres no aporta ventaja práctica real. Cada pueblo puede, si lo desea, adaptar nomenclaturas sin tocar la estructura del calendario.
IV
Queda un punto adicional que varios autores han tratado: la división del día en horas. El sistema tradicional de 24 horas no facilita ciertos cálculos de duración; de ahí el interés por horas decimales. Sin embargo, esta cuestión, aunque vinculada al calendario, es distinta y debe reservarse para un estudio específico. En nuestro informe no proponemos resolverla ahora.
V
De lo anterior se deduce que la reforma debe mantenerse dentro de límites estrictamente prácticos, tal como apuntaban los dos artículos de L'Astronomie (noviembre de 1884 y agosto de 1885).
El problema central es distribuir los días del año para que los meses difieran lo menos posible en duración y, sobre todo, para que las mismas fechas caigan siempre en los mismos días de la semana.
A este respecto hay dos vías:
- Componer el año con un número exacto de semanas (años de 52 y 53 semanas), con una regla de intercalación específica.
- Mantener años de 52 semanas más uno o dos días «fuera de semana» (día(s) complementario(s)).
La primera vía presenta un inconveniente fuerte: alternar años de 364 y 371 días introduce desigualdades excesivas para la vida económica y administrativa.
La segunda vía, aunque rompe puntualmente la sucesión semanal, resulta en la práctica más aceptable: año común de 52 semanas + 1 día complementario; año bisiesto + 2 días complementarios. El momento más natural para esos días es la renovación del año, donde ya existe de hecho un día festivo excepcional. Esta solución —la expuesta en el segundo artículo citado— es, a nuestro juicio, la única verdaderamente práctica y aceptable a escala internacional.
Resta, por tanto, repartir con simetría esas 52 semanas anuales: ahí es donde se diferencian los proyectos presentados.
VI
ESTUDIO DE LOS DIVERSOS PROYECTOS PROPUESTOS
Los proyectos plenamente conformes al programa anterior son tres. El mejor combinado, a nuestro juicio, es el n.º 39:
El año se divide en cuatro trimestres iguales de 91 días, repartidos en tres meses de 31, 30 y 30 días. Cada trimestre contiene exactamente 13 semanas. De ello resulta que los mismos días de la semana vuelven a las mismas fechas no solo cada año, sino también cada trimestre. Esta simplificación es muy valiosa.
Los doce meses suman 364 días; el día 365 se coloca al inicio del año, fuera de semana y fuera de mes (día de Año Nuevo o «enero 0»). El 1 de enero mensual no coincide con ese día complementario: enero comienza el segundo día del año, en lunes. Abril, julio y octubre también comienzan en lunes (31 días); febrero, mayo, agosto y noviembre en jueves (30 días); marzo, junio, septiembre y diciembre en sábado (30 días).
El autor valora, con razón práctica, que el primer día de cada mes sea laborable. Para el día 366 de los bisiestos propone igualmente situarlo fuera de mes y fuera de semana.
Sobre el inicio del año, el autor menciona (sin insistir) que sería deseable desplazarlo hacia el solsticio de invierno; pero reconoce la dificultad de lograr aceptación general y lo deja «para memoria».
El proyecto n.º 24 es cercano al anterior: también organiza el año en cuatro trimestres 31-30-30. Sin embargo, diciembre tiene 31 días en años comunes y 32 en bisiestos; el día sin nombre semanal no coincide con el día tradicional de Año Nuevo y, además, varios meses arrancan en domingo. Eso lo hace algo menos práctico que el n.º 39.
El n.º 1 también responde relativamente bien al programa, pero es menos simétrico: los meses alternan 30 y 31 días, con ajustes al final del año, y muchos detalles quedan incompletos (denominaciones, elección definitiva del inicio anual). Aun así, merece mención.
Entre los demás trabajos destacables:
- N.º 19: busca una fuerte coherencia astronómica y estacional, desplazando el inicio anual y reordenando meses; es intelectualmente sólido, pero menos práctico y más difícil de implantar.
- N.º 6 y n.º 25: construyen años de 52 y 53 semanas con reglas de intercalación a 400 años. El n.º 25 es preferible al n.º 6 por simplicidad y menor amplitud de oscilación.
400/5 - 400/40 + 1 = 80 - 10 + 1 = 71
Para el n.º 6:
400/5 - 400/50 - 1 = 80 - 8 - 1 = 71
En el n.º 25, la distribución mensual propuesta es:
AÑO DEFECTIVO O COMÚN
| Marzo | 28 | 91 | Septiembre | 28 | 91 |
| Abril | 35 | Octubre | 35 | ||
| Mayo | 28 | Noviembre | 28 | ||
| Junio | 28 | 91 | Diciembre | 28 | 91 |
| Julio | 35 | Enero | 35 | ||
| Agosto | 28 | Febrero | 28 |
Aunque técnicamente interesantes, estos sistemas fuerzan cambios de hábitos mayores y mantienen desigualdades anuales más bruscas.
También se propusieron variantes con meses de 28 y 35 días y día complementario dentro del ciclo gregoriano (n.º 30, 26, 13 y algunas versiones del n.º 4). El n.º 30 es el más logrado de ese grupo. En general, se lamenta que varios autores coloquen el día complementario al final del año y no al comienzo.
Nos queda revisar de forma breve los demás proyectos, que clasificamos por categorías según el tipo de modificación propuesta, empezando por los menos deseables. PRIMERA CLASE.
Calendarios que no se ajustan a la duración del año trópico.
N.º 40. Calendario decimal. Ya hemos comentado lo que hay que pensar de esta idea, pero el autor del proyecto actual parece querer volverla todavía más inadmisible, si cabe. Toma como unidad fundamental de tiempo no el día, sino la vigésima parte del día, que llama hora; luego viene el día de 20 horas, después un período de 5 días llamado centistheure, un mes de 50 días llamado hilostheure y un año de 500 días bajo el nombre de kilostheure. No se habla en absoluto de las estaciones; en cambio, todos los días del myriastheure se dedican a grandes hombres, con un detalle larguísimo expuesto en tres inmensas hojas de papel de lujo adornadas con un magnífico reloj dividido en 12 y en 10, para mostrar la concordancia entre las horas antiguas y las nuevas.
N.º 3, otro calendario decimal. El autor considera ventajoso que el calendario sea independiente de las estaciones. En consecuencia, propone, como divisiones del tiempo:
- 1.º La década de 10 días.
- 2.º El mes de 10 décadas o 100 días.
- 3.º El año de 10 meses o 1000 días.
Por último, pide establecer una nueva era y hacerla comenzar en nuestra época, en honor de la Astronomía, que por primera vez nos ilumina sobre la constitución del universo y nos hace vivir en el conocimiento de la verdad.
N.º 34. Es el año vago de 365 días de los antiguos egipcios; el autor no dice nada ni de la semana ni de los meses; solo quiere que todos los años sean iguales.
N.º 44. Todos los años tienen 366 días; inmensas tablas manuscritas acompañan el proyecto; no hemos podido llegar a comprender por qué el autor prefería 366 a 365.
SEGUNDA CLASE.
Esta clase no contiene propiamente proyectos de reforma; los autores nos han enviado calendarios perpetuos o tablas destinadas a facilitar el cálculo de fechas y días de la semana para épocas alejadas en el pasado o en el futuro.
El n.º 6, del que ya hemos hablado, va acompañado de una tabla de este tipo, muy bien construida.
El n.º 7 se compone de una tabla del mismo género, pero más completa y bastante ingeniosa, que permite encontrar con facilidad el día de la semana de una fecha cualquiera en un período amplio de la era gregoriana. La misma tabla da también la fecha de las fiestas móviles en ese período.
El n.º 8 es análogo al anterior, pero menos ingenioso y no dice nada de las fiestas móviles.
El n.º 43 es un cómputo bíblico, místico y extraño. Se habla de años de 364, 365 y 367 días, pero no hay proyecto de reforma.
El n.º 32, señalado más adelante, va acompañado de una tabla que no es otra cosa que el calendario perpetuo que se vende por cinco céntimos a los escolares.
TERCERA CLASE.
Modificación del ciclo gregoriano con el fin de aproximar más el año medio al año trópico.
El n.º 9, que volverá a aparecer más adelante, propone un ciclo de 33 años con 8 años bisiestos, lo que produce un desfase de un día en 4800 años.
El n.º 37 propone un ciclo de 128 años con 31 años bisiestos: el año medio sería así de 365,24219 días, y el desfase de un día no llegaría hasta unos 30 000 años; por desgracia, el cálculo de los bisiestos es complicado, tanto más cuanto que el autor distribuye esos años dentro del ciclo de 128 de una forma poco simple y poco cómoda. El mismo proyecto pide renunciar a la era cristiana para sustituirla por la era de la Creación y contiene reglas empíricas para calcular las fases de la Luna en una fecha cualquiera. El autor basa sus cálculos en esta observación, que da con total certeza: la primera Luna nueva del primer año de la Creación tuvo lugar el quinto día a las 5h39m10s de la tarde. El año 1 de la era cristiana corresponde, según sus cálculos, al año 6305 de la Creación.
El n.º 41 adopta también el ciclo de 128 años, pero con al menos una distribución de bisiestos cada 4 años entre los 32 años cuyo milésimo es divisible por 4, salvo el último del ciclo, que queda común. El autor obtiene, mediante cálculos exactos, que su ciclo provocaría una diferencia de un día al cabo de 28 800 años, y propone ingenuamente restablecer entonces el 32.º año bisiesto al final del ciclo de 128 años. Volveremos sobre este proyecto cuando tratemos los años divididos en 13 meses (5.ª clase).
CUARTA CLASE.
Proyectos de reforma que suprimen la semana.
Primero, los n.º 3 y 40 señalados en la primera clase.
El n.º 9 propone tres reformas que llama radical, intermedia y moderada. En la primera, habría un ciclo de 33 años, la era de la Creación (-6640), 12 meses numerados primestre, secundimestre, etc., alternando 30 y 31 días, divididos bien en 3 décadas, bien en semanas alternas de 7 y 8 días, quedando el día 31 fuera de la década o de la semana. El año comenzaría en primavera. Por último, el día se dividiría en 10 horas y las horas en minutos y segundos decimales. En la reforma intermedia, se conservarían la era vulgar y el ciclo gregoriano de 400 años. Por último, la reforma moderada se reduce a hacer comenzar el año en primavera y a alternar meses de 30 y 31 días. Este trabajo carece de conclusión precisa.
El n.º 10 contiene dos proyectos. El primero no cambia nada en la distribución de nuestros meses; pero cada mes se divide en 3 décadas, cuyos días reciben las designaciones del calendario republicano, y un extradi en los meses de 31 días; los décadis y los extradis son festivos, lo que crea en el año seis parejas de 2 días festivos consecutivos. La última década de febrero queda incompleta.
El segundo pertenece a la quinta clase.
El n.º 15 divide los meses en semanas y octavas alternas. Este proyecto había sido redactado, años atrás, por el autor del n.º 19 mencionado antes. Nos fue enviado por otra persona en forma de folleto impreso; como el autor lo había abandonado y sustituido por el n.º 19, solo figura aquí a título de recuerdo.
El n.º 17 haría comenzar el año en el solsticio de invierno y lo repartiría en 73 cinquennes o en 12 meses de 3 décadas.
El n.º 20 quiere poner la semana en armonía con la lunación. Para lograrlo, imagina semanas alternas de 7 y 8 días, cuya reunión de cuatro formaría una lunación aproximadamente cercana a la lunación astronómica media; pero, ¿se percibe realmente la utilidad de una reforma así? Añadamos que cambia los nombres de los días de la semana y, como propuesta más seria, hace los meses alternos de 30 y 31 días, suprimiendo así la irregularidad de febrero.
En el n.º 22, encontramos semanas de 6 días, llamados primus, secundus, ..., sextus; 12 meses de 30 días; 5 o 6 días complementarios al final; una era universal que comienza en 1901 y, finalmente, la división decimal del día en 20 horas.
El n.º 23 forma un año de 366 días dividido en 12 meses de 30 y 31 días, con un año defectivo cada 8 años de 360 días, y dos cada 800 años, lo que da la misma media que el calendario gregoriano; pero, ¡qué intercalación tan extraña! El año comenzaría en primavera y la semana se reduciría a 6 días para que hubiera un número exacto en el año.
El n.º 27 es una memoria muy extensa para llegar a 12 meses: los siete primeros de 30 días y los cinco últimos de 31, con el último de 32 en los años bisiestos; las semanas se sustituyen por períodos de 6 días; el día 31 de los meses abundantes queda fuera de ese período y se llama festat; el día intercalar de los bisiestos también queda fuera y se llama sextile; los meses reciben nombres nuevos bastante bien construidos.
El n.º 36 forma 60 semanas de 6 días repartidas en 12 meses de 30 días, más una semana de 6 días; cada 8 años solo hay 60 semanas para suprimir los días contados de más.
Variantes. 60 semanas de 6 días con una serie final de 5 días y 6 días en los años bisiestos. Otra variante conserva la semana ordinaria y entra así en la clase siguiente.
El n.º 29 es una memoria larga orientada a demostrar la excelencia del calendario republicano, que se propone sin cambios.
El n.º 38 es una memoria muy extensa, por lo demás muy interesante, sobre la historia del calendario republicano. Toma de este último los nombres de los meses y la década; pero solo establece 10 meses de 36 días, empezando por un día de civismo y conteniendo dos décadas y media; la década recomienza cada mes. Hay tres variantes para el inicio del año. En suma, este proyecto es claramente inferior al calendario republicano.
El n.º 35 constituye un trabajo absolutamente extraordinario, que se distingue de todos los demás por una originalidad extrema. El año se divide en 4 trimestres de 90 o 92 días, subdivididos a su vez en décadas con dos días de descanso consecutivos cada una. El año comienza en el solsticio de invierno. Todos los nombres cambian, y las nuevas denominaciones se toman de la antigua lengua celta. El autor entra en grandes detalles sobre la distribución de las ocupaciones de cada día del año; acompaña cada línea del calendario con una máxima o un precepto útil y cuida con esmero la distribución de las fiestas civiles a lo largo del año. Llega hasta dar el programa detallado de todas esas fiestas. Así, "el día bisiesto se consagrará a la gran fiesta astronómica cada cuatro años. Se le bautizará con un nombre particular, corto, significativo y, sobre todo, eufónico: Ilanaddez, formado por han (solsticio), ad (radical de adición) y dez (día); los astrónomos organizarán la fiesta de día como quieran, pero la fiesta nocturna incluirá:
- 1.º Un sol radiante esférico de 2 m, iluminando 2 km a la redonda.
- 2.º Un lunicyclide o cinethmie lunaire (sic), aparato destinado a representar los movimientos de la Luna.
Como los alrededores del Observatorio no son lo bastante amplios para recibir a todos los parisinos a la vez, estos desfilarán por barrios y el movimiento del lunicyclide se repetirá varias veces durante la velada."
En la fiesta de la Industria, celebrada durante el segundo trimestre, habrá una carroza donde presidirá "la gentil Télopre, tocada con una corona de hiedra con una fila superior de reseda; su busto estará ceñido por un corsé de ocho mamas en cuero repujado (sic), símbolo de la abundancia que debe procurar el buen empleo de los ocho días laborables de la década". Detenemos aquí las citas: lo anterior basta para dar idea del espíritu en que está redactada esta memoria de 48 páginas.
QUINTA CLASE.
Proyectos de reforma que conservan la semana, pero trastocan los meses.
Debemos recordar, en primer lugar, los n.º 6, 25, 13, 26 y 30, así como tres proyectos del n.º 4, ya mencionados antes de la clasificación.
Entre los demás, los más numerosos son los que dividen el año en 13 meses de 28 días; sus autores se dejaron seducir por la comodidad de meses de exactamente 4 semanas, pero no advirtieron el inconveniente de dividir el año en 13 partes en lugar de 12. En esta línea encontramos el n.º 12, calificado de «calendario de los empleados», porque los empleados pagados por mes estarían encantados, según el autor, de cobrar 13 veces al año en vez de 12.
El n.º 41, ya señalado en la tercera clase, llama al 13.º mes Rectember.
El n.º 31 coloca el día suplementario fuera de la semana, como primer día del año, y el día intercalar de los años bisiestos como segundo día del año. El autor quiere comenzar el año en el equinoccio de primavera y pide dividir el día en 20 horas. Designa los meses con nombres numéricos y cambia el orden de los días de la semana para alinearlos con el orden de las distancias de los planetas al Sol.
El n.º 16 da a sus 13 meses nombres de astrónomos y a los 7 días de la semana nombres de inventos que no precisa, salvo electrodi, que cita como ejemplo. Querría comenzar el año en el equinoccio de otoño. Por último, propone como primer meridiano internacional el meridiano del Himalaya, porque, según él, es el más largo.
Por último, el n.º 18 establece la concordancia de los días de la semana con las fechas del año mediante la introducción, al final del año, de un día complementario sin nombre semanal. Da a sus 13 meses nombres tomados del calendario republicano, y llama a los días de la semana: pridi, duodi, tescli, carcli, etc.; todos los meses empiezan por un pridi.
Veamos ahora los que adoptan otra división del año:
El n.º 2 hace 10 meses de 36 días con 5 o 6 días complementarios al final del año. El autor insiste en la comodidad comercial de un año ficticio de 360 días; se resignaría al año de 12 meses, con tal de que fueran todos de 30 días y que los 5 o 6 días complementarios se relegaran al final o al comienzo del año.
El n.º 28 también hace 10 meses de 36 días, con 5 semanas y un día complementario que no recibe nombre semanal y se llama final.
El n.º 10 (2.º proyecto) divide el año en cuatro quadrins de 91 días, salvo el último, que tiene 92 o 93. Cambia todas las denominaciones y propone variantes que difieren por la época de inicio del año. Cada quadrin contiene exactamente 13 semanas y hay, al final de cada año, uno o dos días sin nombre.
El n.º 36 es semejante a los anteriores, salvo en las denominaciones y en que mantiene el inicio del año como hoy. No dice dónde coloca el día intercalar de los años bisiestos.
El n.º 33 propone 10 meses de 35 días y un undécimo de 15 días; el último día del año queda fuera de la semana; el año empieza en lunes.
Por último, el n.º 4, ya citado, contiene calendarios de 6, 8, 16 y 24 meses.
SEXTA CLASE.
Reformas de detalle sobre el origen del año, el número de días de los meses, las denominaciones, etc., sin buscar establecer concordancia entre la semana y el año.
El n.º 5 se limita a cambiar las denominaciones actuales, a hacer los meses alternos de 30 y 31 días y a sustituir la era vulgar por una era llamada de la Renacimiento, que comenzaría en 1400, fecha del nacimiento de Gutenberg. El autor parece querer todos sus años de 366 días; no dice nada de los años bisiestos.
N.º 9. El año empezaría en primavera, y los meses serían alternos de 30 y 31 días.
El n.º 11 empieza el año en el solsticio de invierno; los meses tienen 30 o 31 días; 31 en las estaciones estivales, 30 en las invernales. Los años no bisiestos tendrían el 1.er mes de 30 días. Querría recuperar para los meses las denominaciones del calendario republicano; en su defecto, conserva los nombres habituales, salvo septiembre, octubre, noviembre y diciembre, que reemplaza por Pitágoras, Copérnico, Kepler y Cristóbal Colón. También querría empezar la nueva era con el descubrimiento de América.
En el n.º 12, se limita a indicar fiestas civiles todos los domingos y a sustituir los nombres de santos por nombres de personajes célebres.
N.º 14. Meses de primavera y verano de 31 días; los demás, de 30, salvo el último de invierno, que solo tiene 29. Comienza el año en el solsticio de invierno, retoma denominaciones del calendario republicano o bien Primose, décimose, tertiose; Quartinal, quintial, etc. ¡Los días de la semana tienen nombres de colores!
El n.º 21 comienza en primavera, divide el año en meses según solsticios y equinoccios, y cambia los nombres de los meses:
- Vernal, bivernal, trivernal, 31 días.
- Fugal, bifugal, trifugal, 31 días.
- Médial, bimédial, trimédial, 30 días.
- Nodal, binodal, trinodal, 30 y 29 días.
Los días de la semana tienen nombres numéricos.
En el n.º 32, los meses tienen 31 o 30 días alternativamente, salvo el último, que tiene 29 o 30 según el año; los nombres cambian, primile, deutérile, etc., y además no son los mismos en ambos hemisferios.
El n.º 45 cambia la fecha de inicio del año y designa los meses con los nombres de los signos del Zodíaco. No dice nada de la semana.
VII
PREMIOS A CONCEDER
En consecuencia, proponemos repartir el premio de cinco mil francos en los términos siguientes:
- 1.º Un premio de mil quinientos francos a la Memoria n.º 39.
- 2.º Un premio de mil doscientos francos a la Memoria n.º 24.
- 3.º Un premio de mil francos a la Memoria n.º 1.
- 4.º Un premio de ochocientos francos a la Memoria n.º 19.
- 5.º Un premio de doscientos cincuenta francos a la Memoria n.º 25.
- 6.º Un premio igual de doscientos cincuenta francos a la Memoria n.º 6.
Estos premios consistirán en medallas a las que se añadirá, en metálico, el complemento del premio otorgado.
VIII
RESUMEN Y CONCLUSIÓN
La reforma del calendario es deseable.
Los años pueden ser todos iguales entre sí. En lugar de cambiar cada año, el calendario puede ser perpetuo.
En el proyecto de reforma adoptado aquí, los años se compondrían de doce meses repartidos en cuatro trimestres iguales, formados por tres meses de 31, 30 y 30 días, conteniendo cada trimestre exactamente 13 semanas.
El día 365, o día suplementario de las 52 semanas, se consideraría fuera de las semanas y de los meses, y se llamaría «día del año» o enero 0.
En los años bisiestos habría dos días festivos en la renovación del año.
Todos los años podrían empezar en lunes, todos se parecerían y las mismas fechas corresponderían indefinidamente a los mismos días de la semana.
Sería deseable que se reuniera un Congreso internacional con motivo de la Exposición de 1889, para ponerse de acuerdo sobre las ventajas y la oportunidad de esta reforma que, por importante que sea, sería tanto más fácil de aplicar cuanto que pasaría casi inadvertida.
El Ponente,
PHILIPPE GERIGNY.
PREMIOS OTORGADOS
SESIÓN DEL 14 DE DICIEMBRE DE 1887
La Comisión, compuesta por la Mesa de la Sociedad para 1887:
- MM. CAMILLE FLAMMARION, Presidente.
- PAUL HENRY, Vicepresidente.
- PROSPER HENRY, Vicepresidente.
- General PARMENTIER, Vicepresidente.
- E. L. TROUVELOT, Vicepresidente.
- PHILIPPE GERIGNY, Secretario.
- A. GUNZIGER, Secretario adjunto.
Habiendo aprobado el informe precedente, el premio de cinco mil francos se distribuyó del modo siguiente en la sesión del 14 de diciembre de 1887:
- 1.º M. G. ARMELIN, de París, medalla de vermeil. Premio de 1500 francos.
- 2.º M. HANIN, de Auxerre, medalla de plata. Premio de 1200 francos.
- 3.º M. DE ROUCY, de Compiègne, medalla de plata. Premio de 1000 francos.
- 4.º M. BABNOUT, de París, medalla de plata. Premio de 800 francos.
- 5.º M. Rémy THOUVENIN, de Nancy, medalla de bronce. Premio de 250 francos.
- 6.º M. BLOT, de Clermont, medalla de bronce. Premio de 250 francos.
REFORMA DEL CALENDARIO
Proyecto que recibió el primer premio por ajustarse a los principios expuestos al final del concurso (p. 69). Autor: M. G. ARMELIN.
Cuando se examina la cuestión del calendario y se plantea reformar el sistema gregoriano, ante todo hay que tener muy presente esta necesidad: toda reforma, para tener alguna posibilidad de éxito, debe ser fácil de aplicar, es decir, simple y pensada desde un punto de vista práctico.
La cuestión de la denominación de los meses y la coincidencia del comienzo del año con el inicio de una estación, aunque merezcan examen, son de orden puramente especulativo y no constituyen los puntos que más deben llamar la atención.
Los defectos más importantes del calendario gregoriano, desde el punto de vista práctico, son los siguientes:
- 1.º Falta de correlación definida entre los días de la semana y los días del mes. Una fecha cae un año en lunes, otro en martes, y así sucesivamente; los años empiezan siempre por días de semana distintos. Además, dentro de un mismo año, todos los meses comienzan también, sin ningún orden, por distintos días de la semana.
- 2.º Falta de orden en la disposición de los meses de 30 y 31 días. A veces alternan exactamente, otras veces se suceden dos meses de 31 días.
- 3.º Anomalía de febrero, que sin razón solo tiene 28 o 29 días.
- 4.º Por último, inconveniente para los negocios: el 1 y el 15 de distintos meses, fechas habitualmente elegidas para vencimientos, caen con bastante frecuencia en domingo.
Después de examinar estas consideraciones, hay que comprender bien la importancia de conservar la semana de siete días, división incorporada a nuestras costumbres desde los egipcios de la Antigüedad más remota y que no podría suprimirse sin herir sentimientos, lesionar intereses, contrariar hábitos profundamente arraigados y desatender las exigencias del trabajo.
Ahora bien, si se divide el año en 4 estaciones o 4 trimestres, el cociente da 91 días más una fracción; y el número entero 91, al ser divisible por 7, da por trimestre un número entero de semanas: exactamente 13. Esto permite tener trimestres iguales e idénticos, comenzando todos por un mismo día, por ejemplo, un lunes.
- El primer mes de cada trimestre, comenzando en lunes, tendría 31 días.
- El segundo mes de cada trimestre, comenzando en jueves, tendría 30 días.
- El tercer mes de cada trimestre, comenzando en sábado, tendría 30 días.
Como esos cuatro trimestres, por la fracción necesariamente ignorada, solo dan 364 días, el día 365 se colocaría fuera del mes y de la semana, para no romper la perfecta armonía de los años. Sería un día complementario, situado en el día de Año Nuevo, algo así como el día 0.
Cada cuatro años habría un día bisiesto, también complementario, fuera del mes y de la semana, colocado al final del cuarto año (salvo, naturalmente, tres años seculares de cada cuatro, según el método gregoriano).
De este modo, todos los años e incluso todos los trimestres se parecerían, y el calendario perpetuo quedaría reducido a la siguiente tabla:
| 1. DÍA DEL AÑO | ||
|---|---|---|
| Primer mes de cada trimestre. Enero Abril Julio Octubre |
Segundo mes de cada trimestre. Febrero Mayo Agosto Noviembre |
Tercer mes de cada trimestre. Marzo Junio Septiembre Diciembre |
| 1 Lunes 2 Martes 3 Miércoles 4 Jueves 5 Viernes 6 Sábado 7 Domingo 8 Lunes 9 Martes 10 Miércoles 11 Jueves 12 Viernes 13 Sábado 14 Domingo 15 Lunes 16 Martes 17 Miércoles 18 Jueves 19 Viernes 20 Sábado 21 Domingo 22 Lunes 23 Martes 24 Miércoles 25 Jueves 26 Viernes 27 Sábado 28 Domingo 29 Lunes 30 Martes 31 Miércoles |
1 Jueves 2 Viernes 3 Sábado 4 Domingo 5 Lunes 6 Martes 7 Miércoles 8 Jueves 9 Viernes 10 Sábado 11 Domingo 12 Lunes 13 Martes 14 Miércoles 15 Jueves 16 Viernes 17 Sábado 18 Domingo 19 Lunes 20 Martes 21 Miércoles 22 Jueves 23 Viernes 24 Sábado 25 Domingo 26 Lunes 27 Martes 28 Miércoles 29 Jueves 30 Viernes |
1 Sábado 2 Domingo 3 Lunes 4 Martes 5 Miércoles 6 Jueves 7 Viernes 8 Sábado 9 Domingo 10 Lunes 11 Martes 12 Miércoles 13 Jueves 14 Viernes 15 Sábado 16 Domingo 17 Lunes 18 Martes 19 Miércoles 20 Jueves 21 Viernes 22 Sábado 23 Domingo 24 Lunes 25 Martes 26 Miércoles 27 Jueves 28 Viernes 29 Sábado 30 Domingo |
| Cada cuatro años, un día bisiesto después del 30 de diciembre. | ||
Con este sistema de calendario, el mismo trimestre se repite indefinidamente, siempre idéntico.
- Todos los años se parecen.
- Solo tres días, lunes, jueves y sábado, pueden iniciar un mes, y siempre en un orden regular y constante.
- Los meses de 31 y de 30 días vuelven también en un orden regular y constante.
- Conociendo la posición de un mes dentro del trimestre, siempre se sabrá cuántos días tiene y con qué día empieza, y por tanto se conoce todo el mes.
- Se elimina el mes de 28 días.
- Ni el 1 ni el 15 de ningún mes caen jamás en domingo.
- Las mismas fechas caen todos los años en los mismos días de la semana.
- La semana encaja con el trimestre.
Si fuera fácil de aplicar, sería lógico adelantar el inicio del año al solsticio de invierno, comienzo racional para nosotros, ya que es cuando los días empiezan a crecer, momento muy próximo a nuestro actual Año Nuevo. En cuanto a los nombres de los meses, sería deseable sustituir al menos los cuatro últimos por nombres de sabios o por los signos del Zodiaco. Pero ambos puntos, más difíciles de aplicar y capaces de comprometer la puesta en práctica de la reforma, deben quedar reservados y solo se indican aquí a título de referencia.